El carácter polimórfico y multicolor del machirulo en el espacio público

Hace mes y medio, se supo de la agresión sexual que protagonizó recientemente nuestro querido fascista más traducido, el señor Alain Soral, el cual insultó a la modelo Binti (tras acosarla por internet) de « puta a la que nadie iba a querer, porque los negros con buen gusto se van con las blancas », y que era una « negra de mierda que en 10 años iba a parecer un viejo hindú ».

Un caso muy significativo, de un tipo de acosador muy significativo: El que aprovecha no sólo su privilegio de género, sino también su privilegio de clase y raza. Caso del que poco habla ese feminismo mainstream y más blanco que un gusiluz.

Por eso me he animado a la empresa de traducir este excelente artículo de Clemmie Wonder, sobre el carácter polimórfico y multicolor del acosador del espacio público, ya que en ocasiones parece que algunos acosadores tienen más prioridad que otros… 

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Alain Soral es uno de tantísimos blancos que no duda en acudir a su privilegio de género, clase y raza a la hora de agredir sexualmente a una chica.


« Vamos a ver, si no respetan a sus mujeres es su problema, aquí estamos en Francia »

« No soy racista, pero es que estoy harta de que me acosen por la calle »

« Es su cultura, tienen otra forma de concebir la seducción »

Estas declaraciones no pertenecen a miembros del Frente Nacional, ni siquiera a gente que se digan o piensen racistas. No. Son frases que he escuchado y escucho cuando se habla del acoso callejero.

Porque, como hablaba recientemente un artículo de Rue89,  es un hecho: Para muchas personas, inclusive las que sufren acoso callejero, los agresores son siempre chicos de la banlieue, chicos de barrio, inmigrantes, chusma, canis, moros, negritos… Hablo a menudo de acoso callejero con muchas personas, y la recurrencia de las frases que he citado antes, me entristece.

Bueno, de hecho me cabrea. Hace que me salga de mis casillas

Porque cuando sólo se habla de un tipo específico de acoso callejero, mis compañeras blancas y burguesas invisibilizan totalmente otro tipo de acoso que vivimos las mujeres racializadas con la misma frecuencia y la misma violencia.

Vivo en un barrio muy burgués, que es también el barrio de las putas en esta ciudad. Hace unas semanas, un hombre de unos cincuenta años se dirigió hacia mí. Rápidamente, sin presentarse ni siquiera saludar (sí, ni siquiera un « qué pasa nena »), el tío propone follarme, tiene dinero, quiere metérmela. Lo que tardo en asimilarlo y reaccionar, intento alejarme declinando la oferta, molesta. Pero el señor me atrapa, me estampa contra la pared e insiste, murmurándome « venga, que tengo ganas, puedo pagarte, déjate hacer, estás tan buena… », las suplicaciones del tío daban a entender que el hecho de que él tuviera ganas justificaba lo que estaba haciendo. Me faltan unos segundos para reaccionar. Entonces exploto. Le insulto con todas las palabras que conozco, le empujo, me zafo, le grito, le pego, y por fin se aleja.

La gente que pasa por la calle sonríen, como divirtiéndose. Yo tiemblo, estoy como una olla a presión, y no entiendo qué ven de entretenido en el tema. Y entonces, cuando decido seguir caminando, escucho al dependiente de la tienda de zapatos de al lado (que salió para ver lo que pasaba) decirle a su colega « bah no es nada, tan sólo una prostituta que ha hecho un escándalo »

Si una burguesa que hubiera sido acosada de esta misma forma por un cani o por un inmigrante, la gente no habría tardado en preguntarle que qué tal estaba, si el chico la había hecho daño, o si quería o no llamar a la policía. Pero soy una mujer racializada en shorts ajustados y desgastados que declina la oferta de un señor que debe de tener en la cartera unas tres veces el alquiler de mi casa, por tanto tan sólo soy « una puta que monta un escándalo ». Porque rechazar una oferta de un hombre de clase superior, es siempre « montar un escándalo », es hacerse la interesante, es menos legítimo que rechazar esa misma oferta de parte de un cani, porque para un hombre, el dinero es sin duda poder de seducción, porque no están para nada lejanos los tiempos donde podías hacer lo que quisieras con las mujeres indigentes en una esquina de la calle sin pagar la más mínima consecuencia…

Son siempre blancos también, los tíos que me siguen con el coche (a veces con el cochecito del bebé dentro) hasta el portal de mi casa, incluso después de decirles y repetirles que no, que no estoy trabajando, que estoy volviendo a mi casa y que me dejen.

Siempre son blancos los que creen que el dinero da derecho a.

Son a menudo blancos aquellos que me exotizan y proyectan en mí sus fantasmas neocolonialistas acompañando su ligoteo pesado de todos los clichés sobre las negras: « gacela », « tigresa* », « leona », « salvaje », « Beyoncé », « Rihanna », « *chicanegrasexyqueestédemoda* ».

Y son bien blanquitos también los tíos de la Escuela de Comercio del barrio que vienen a la esquina de mi calle a pillarse el pedo con cerveza. Eran todos bien blanquitos y vestidos con polito por la noche los que, después de rechazar su invitación a sentarme con ellos en la misma mesa, empezaron a llamarme « Nafissatou » [nombre de la mujer que fue agredida sexualmente por Dominic Strauss-Khan, n. de la T] y a gritarme de forma que todo el mundo lo oyera, cómo me iban a follar a la mínima que bebiera o que dejara mi vaso lejos de mi vista. Eran una gran mesa de tíos blancos de buena familia que les parecía graciosísimo de amenazarme explícitamente con violarme (pero « de coña », claro) para castigarme por haberles dado calabazas.

Fue después de una noche de la Escuela de Ingeniería que rechacé educadamente a un chico aparentemente muy educado pero que después me insultó llamándome « negra de mierda » [traducción aproximativa de ‘sale négresse’, en verdad el insulto original es mucho más fuerte, n. de la T] y diciéndome que no me montara películas porque las « chicas como yo » sólo forman parte de esas que los hombres quieren follar mientras esperan a aquella con la que se quieren casar.

En el trabajo también. Era un burgués de bien el que, cuando todavía yo era todavía becaria, me llamaba a mi puesto saludando a mis jefes antes de decirles « es con esa pequeña becaria con la que quiero hablar ». Era un gran burgués el que en una noche de inauguración me prometió que haría de mí « alguien », como si yo no fuera nadie. Era un blanco el que, enmedio de una reunión, delante de mis colegas y superiores, se entretenía comentando las dimensiones de mi cintura y a quejarse de que rechazara sus invitaciones para ir a cenar. Fue un grupo de blancos el que, después de la realización de un proyecto común, encontraron que sería divertido « rularme entre todos » para celebrar nuestro éxito. Siempre han sido los blancos los que han amenazado con « taladrarme por enmedio » si no me ponía a cuatro patas. Siempre han sido blancos los que me han « tomado como rehén » aprovechando su posición de poder para que yo me tenga que sentir arrinconada, pequeña, humillada, obligada. Siempre han sido blancos los que me han hecho sentir que, haga lo que haga, de un momento a otro pasaré a ser de nuevo un coño con patas.

Así que sí lo sé, hay muchos « qué pasa nena », muchos « qué buenorra estás miarma ». Pero en esto no hay mucho misterio: Si los chicos de barrio y los canis están en la vanguardia de los acosadores callejeros, es porque el puesto de « acosador sexual en el trabajo » y el de « acosador sexual en los bares » ya estaban cogidos. Pero lo que pasa es que a la « gentuza » de los barrios, nunca apetece verlos en la calle. Los banlieusards, los canis y la chusma tan sólo toman el espacio que la sociedad les deja. No digo que su sexismo sea menos fuerte, o menos violento. Sólo digo que quizás sería el momento de no sólo hablar de ese tipo de acoso. Porque mientras nos regodeamos en el cani, el burgués se sienta, despliega sus piernas y se instala.

Y de poner las cosas en su lugar:

A ver, lo que da rabia, no es ser acosada por un hombre de clase inferior. Tampoco lo es que él piense que yo soy una chica de su barrio.

No, el problema tampoco es que su vocabulario sea limitado, o que a sus piropos les falte ingenio o palabras de más de dos sílabas.

Lo que da rabia es ser sexualizada, en todo momento, todos los días, en todos los contextos.

Lo que es molesto, es la banalización del insulto sexista en el espacio público.

El problema es que me siento menos legítima a ir y venir en este espacio. El problema es que a pesar de mi derecho inalienable de pasearme, me dan ganas de pedir disculpas por estar ahí presente, me siento una intrusa en la acera, como una invitada sospechosa a la cual habría que vigilar sus gestos. Y su culo.

Digámoslo de una vez por todas: El acoso callejero no tiene origen geográfico, religion o cultura (a excepción de la cultura de la violación). El acoso callejero es una consecuencia del patriarcado, Y el patriarcado no sólo es defendido por los chicos de barrio, también por todos aquellos que creen y afirman que la culpa siempre es de los demás. El patriarcado lleva tanto traje y corbata como chándal. Pero parece más fácil regodearse más sobre uno que sobre otro…

Queridas personas anti-sexistas: sufrir una opresión no debería ser jamás un pretexto para enarbolar otra. Cabrearse por estar cosas está (muy, muy) bien. Pero hacerlo con inteligencia y sin etnocentrismo, es mejor.

Besos

*Lo sé, no hay tigres en África, son los machirulos los que no están al corriente

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Publié le 22 décembre 2014, dans Non classé, et tagué , , , . Bookmarquez ce permalien. Poster un commentaire.

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