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El Feminismo Bonito frente a la Discordia

Los ideales feministas cada vez llegan a más gente porque todas y todes luchamos duro para que así sea. El feminismo sale en portada de revistas, a la Superbowl, a la ONU,  e incluso hay periódicos que tienen columnas semanales dedicadas a ello. Hasta en Salvados se habla de patriarcado, y las XL salen en la tele. Todos esos avances jamás se hubieran imaginado hace unos años y son fruto de mucho esfuerzo, es muy bueno. Nuestras redes cada vez son más numerosas, donde hay personas muy diversas y eso gusta. Pero es cuando se proponen debates sobre otras opresiones en el seno feminista que la diversidad parece no gustar tanto.

Siempre es muy espinoso hablar de opresiones y de cómo encajarlas con el feminismo o la lucha donde más suelas participar. Nadie quiere reconocerse como opresore. Siempre es mejor usar el esforcímetro. Decir « yo organicé unas jornadas sobre esto » cuando alguien te pide que rectifiques un comentario discriminatorio. Todo el mundo habla del perdón, ese concepto tan católico, pero en cambio poques piden perdón y poques perdonan. Lo que, sin duda, poques rectifican. Poques llevan a la praxis, a la realidad. Nadie quiere exponerse individualmente, y menos colectivamente. Nadie está dispueste de depurar ciertas actitudes en un colectivo: En unos ambientes feministas donde (por el planeta en el que hemos crecido) se sigue respirando el neoliberalismo en nuestras estructuras activistas, donde las afinidades (aka amiguismos) priman por encima de la solidaridad y el apoyo mutuo, la gente prefiere tomar la lucha feminista y la « deconstrucción » de privilegios como un método de ‘autoayuda’ en vez de como una lucha conjunta contra determinadas estructuras que oprimen a un cuantioso número de seres humanos. No en vano en muchos textos veo frases que hablan de « liberarse del patriarcado » o de la heterosexualidad como quien habla de deshacerse de un jarrón.

En un contexto semejante, donde se plantean opresiones desde una óptica no revolucionaria, surge una reacción todavía peor: La del Feminismo Bonito.

El Feminismo Bonito tiene artículos sueltos con muchísimas visitas. Quienes lo escriben no suelen tener malas intenciones y pueden ser gente maja.  Y, sobre todo, es un discurso que a todo el mundo gusta. Se resume en la persuasión a que no haya conflictos entre corrientes (cuando, por número, es inevitable que las haya!). Claro, eso gusta tanto a ti, como a una del PSOE, como a la TERF que te llamó heterófoba, como al chico feminista que se cree el fockin amo, como a una persona discriminada que tiene un burning increíble y prefiere tirar tierra de por medio, y como a una persona discriminada que no le gusta que se hable de su discriminación porque ha encontrado su espacio de seguridad y se ha olvidado del resto. Es más, a lo mejor quien escribió algo una vez de feminismo bonito fue por una ruptura política feminista, pero gusta tanto que le puede gustar hasta a la chica en cuyas muelas se caga. Un mismo discurso no puede gustar a gente tan diversa, porque sus intereses pueden ser múltiples y opuestos entre sí. Si gusta, es porque el lenguaje es borroso…

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Imagen sacada de la página: En Somosaguas andan diciendo

El feminismo bonito lo suele hacer gente bonita. Gente guapa, hablando en plata de belleza normativa. Gente popular en el activismo. Gente bonita con sentimientos bonitos. Podría citar, como ejemplo ilustrativo, el artículo Tan Feminista Que Eres de Barbijaputa para Píkara Magazine. Pero podría poner muchos más ejemplos, incluso de artículos de gente a la que quiero y admiro, pues es un discurso muy en boga.

El feminismo bonito no da datos, no ejemplifica, no da consejos concretos. Habla de que frente al debate tiene que primar el amor, la empatía, los cuidados, la cercanía, el diálogo, el saber escuchar. De conceptos que a saber si tienen un significado palpable, y si lo tienen para cada persona son de una forma (no como si hablo de privilegios que es algo materialmente demostrable). Como no son conceptos que se puedan materializar, su utilización puede ser incluso psicofóbica: Si yo leo « empatía », no lo interpretaré como yo interpreto la empatía, sino como lo interpreta el modelo social vigente, el neurotípico. Pero en cambio, si leo « empatía » me apaciguo, porque son conceptos que sosiegan nuestras mentes, las desconectan de un análisis racional y espontáneo. Tal y como hace la Iglesia y organizaciones similares.

 

Hay dos argumentos que, cierto es que son muy gancho en el feminismo bonito. El primero es la presunta inaccesibilidad del lenguaje de la convergencia de luchas y que sería mejor ofrecer un mensaje que « llegara a más gente », cuando esa descafeinización demuestra su fracaso absoluto (y merecido) frente a, por ejemplo, poblaciones racializadas, pobres y/o trans. Tratar múltiples opresiones sirve precisamente para llegar a más gente, no para llegar a cuatro elegides como se pretende creer desde este discurso.  Se habla de un supuesto academicismo del feminismo transversal, pero eso sí, desde posiciones que también son académicas. Y no en pocas ocasiones desde posiciones de clase acomodada, blanca, estable, populares, sociables, en un colectivo importante etc.

El segundo argumento es el de que desde la transversalidad se hacen carreras a ver quién está más oprimide y que se dan linchamientos populares. Insisto en que no voy a negar este hecho. Como tampoco voy a negar que existen chantajes emocionales del tipo « si no me haces casito diré que eres discriminatorio en X ». Pero, volvemos a lo mencionado arriba. Esto no es, ni más ni menos, que una inercia neoliberal de los transfeminismos, y las convergencias de luchas, que es normal que se dé porque ni hemos crecido ni creceremos (lxs vivxs) en otro sistema económico diferente al capitalista. Inercia la cual, por supuesto, quienes portan el feminismo bonito utilizarán conscientemente cuando les convenga y de hecho la utilizarán mucho, bien en su praxis bien en sus cuentas bancarias.

Tal y como el discurso tercerposicionista denuncia la globalización nutriéndose del dinero de los banqueros, el feminismo bonito denuncia la elitización del transfeminismo desde posiciones de poder en el mundo intelectual. Pero, aunque lo utilicen para estas dinámicas autoritarias, el discurso del feminismo bonito no pretende « re-comunizar » la convergencia de luchas. Su enemigo no es el liberalismo, es la propia convergencia de luchas. Quiere acabar con los necesarios debates.

El Feminismo Bonito es como el brocialist (machista-leninista) sólo que superponiendo la opresión de « la mujer » (un sólo tipo de mujer, con un sólo tipo de fenotipo y de genitales) en vez de la de clase como hace el brocialist. Es el burócrata diciéndote que en tanto que proletario no puedes proponer otras cosas porque así terminarías con la revolución proletaria. El feminismo bonito es esa compañera blanca callando a una compa racializada con una sonrisa caritativa. Esa chica llorando que exclama en una asamblea de gestión de conflictos « ¿por qué no nos volvemos hacer amigxs y que todo vuelva a ser como antes? ». Es el discurso que no dudará en perseguir cual caza de brujas a cierto tipo de chicas (poco populares, « chicas de internet », etc) mientras que, frente a una acusación a alguien con prestigio, la gente se acordará de este discurso, del amor que tenemos en nuestra kundalini, y de lo importante que es la sororidad.

El Feminismo Bonito es, sencillamente, reaccionario. Bonito, precioso, como todo lo reaccionario. Las personas que lo promulgan no son necesariamente malas, ni « menos feministas », cualquiera hemos caído en él, como se pueden caer en tantas cosas. Saliendo del maniqueísmo, no voy a decir que ese discurso sea el mal porque no creo en ese concepto (el mal, otro concepto borroso, sí), pero sí que opino que es un discurso demasiado patalético, y en este mundo quien puede permitirse una pataleta es porque puede, porque tiene poder, porque sabe que será escuchada, quien sabe que no va a ser escuchade jamás se atreverá a exteriorizarlo. Por eso, son pataletas que retrasan nuestros procesos colectivos cuando, visto que a día de hoy hasta hay feministas en Ciudadanos, el tiempo en los transfeminismos juega en nuestra contra.

Por eso hay que saber identificarlas y combatirlas, tal y como debemos hacer con cualquier proceso que niegue la transversalidad, el feminismo, y/o la revolución social. En resumen, es indispensable combatir cualquier premisa que se meta en bucles metafísicos y donde los conceptos que se manejen sean los que inventaron aquellos señores que asesinaron y torturaron a muchos de nuestros antepasados… De los míos, al menos.

 

Por mis antepasades. Si no hay discordia, no es mi revolución transfeminista. Porque sin discordia, no hay colectividad. Sólo dogmatismo.

 

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El carácter polimórfico y multicolor del machirulo en el espacio público

Hace mes y medio, se supo de la agresión sexual que protagonizó recientemente nuestro querido fascista más traducido, el señor Alain Soral, el cual insultó a la modelo Binti (tras acosarla por internet) de « puta a la que nadie iba a querer, porque los negros con buen gusto se van con las blancas », y que era una « negra de mierda que en 10 años iba a parecer un viejo hindú ».

Un caso muy significativo, de un tipo de acosador muy significativo: El que aprovecha no sólo su privilegio de género, sino también su privilegio de clase y raza. Caso del que poco habla ese feminismo mainstream y más blanco que un gusiluz.

Por eso me he animado a la empresa de traducir este excelente artículo de Clemmie Wonder, sobre el carácter polimórfico y multicolor del acosador del espacio público, ya que en ocasiones parece que algunos acosadores tienen más prioridad que otros… 

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Alain Soral es uno de tantísimos blancos que no duda en acudir a su privilegio de género, clase y raza a la hora de agredir sexualmente a una chica.


« Vamos a ver, si no respetan a sus mujeres es su problema, aquí estamos en Francia »

« No soy racista, pero es que estoy harta de que me acosen por la calle »

« Es su cultura, tienen otra forma de concebir la seducción »

Estas declaraciones no pertenecen a miembros del Frente Nacional, ni siquiera a gente que se digan o piensen racistas. No. Son frases que he escuchado y escucho cuando se habla del acoso callejero.

Porque, como hablaba recientemente un artículo de Rue89,  es un hecho: Para muchas personas, inclusive las que sufren acoso callejero, los agresores son siempre chicos de la banlieue, chicos de barrio, inmigrantes, chusma, canis, moros, negritos… Hablo a menudo de acoso callejero con muchas personas, y la recurrencia de las frases que he citado antes, me entristece.

Bueno, de hecho me cabrea. Hace que me salga de mis casillas

Porque cuando sólo se habla de un tipo específico de acoso callejero, mis compañeras blancas y burguesas invisibilizan totalmente otro tipo de acoso que vivimos las mujeres racializadas con la misma frecuencia y la misma violencia.

Vivo en un barrio muy burgués, que es también el barrio de las putas en esta ciudad. Hace unas semanas, un hombre de unos cincuenta años se dirigió hacia mí. Rápidamente, sin presentarse ni siquiera saludar (sí, ni siquiera un « qué pasa nena »), el tío propone follarme, tiene dinero, quiere metérmela. Lo que tardo en asimilarlo y reaccionar, intento alejarme declinando la oferta, molesta. Pero el señor me atrapa, me estampa contra la pared e insiste, murmurándome « venga, que tengo ganas, puedo pagarte, déjate hacer, estás tan buena… », las suplicaciones del tío daban a entender que el hecho de que él tuviera ganas justificaba lo que estaba haciendo. Me faltan unos segundos para reaccionar. Entonces exploto. Le insulto con todas las palabras que conozco, le empujo, me zafo, le grito, le pego, y por fin se aleja.

La gente que pasa por la calle sonríen, como divirtiéndose. Yo tiemblo, estoy como una olla a presión, y no entiendo qué ven de entretenido en el tema. Y entonces, cuando decido seguir caminando, escucho al dependiente de la tienda de zapatos de al lado (que salió para ver lo que pasaba) decirle a su colega « bah no es nada, tan sólo una prostituta que ha hecho un escándalo »

Si una burguesa que hubiera sido acosada de esta misma forma por un cani o por un inmigrante, la gente no habría tardado en preguntarle que qué tal estaba, si el chico la había hecho daño, o si quería o no llamar a la policía. Pero soy una mujer racializada en shorts ajustados y desgastados que declina la oferta de un señor que debe de tener en la cartera unas tres veces el alquiler de mi casa, por tanto tan sólo soy « una puta que monta un escándalo ». Porque rechazar una oferta de un hombre de clase superior, es siempre « montar un escándalo », es hacerse la interesante, es menos legítimo que rechazar esa misma oferta de parte de un cani, porque para un hombre, el dinero es sin duda poder de seducción, porque no están para nada lejanos los tiempos donde podías hacer lo que quisieras con las mujeres indigentes en una esquina de la calle sin pagar la más mínima consecuencia…

Son siempre blancos también, los tíos que me siguen con el coche (a veces con el cochecito del bebé dentro) hasta el portal de mi casa, incluso después de decirles y repetirles que no, que no estoy trabajando, que estoy volviendo a mi casa y que me dejen.

Siempre son blancos los que creen que el dinero da derecho a.

Son a menudo blancos aquellos que me exotizan y proyectan en mí sus fantasmas neocolonialistas acompañando su ligoteo pesado de todos los clichés sobre las negras: « gacela », « tigresa* », « leona », « salvaje », « Beyoncé », « Rihanna », « *chicanegrasexyqueestédemoda* ».

Y son bien blanquitos también los tíos de la Escuela de Comercio del barrio que vienen a la esquina de mi calle a pillarse el pedo con cerveza. Eran todos bien blanquitos y vestidos con polito por la noche los que, después de rechazar su invitación a sentarme con ellos en la misma mesa, empezaron a llamarme « Nafissatou » [nombre de la mujer que fue agredida sexualmente por Dominic Strauss-Khan, n. de la T] y a gritarme de forma que todo el mundo lo oyera, cómo me iban a follar a la mínima que bebiera o que dejara mi vaso lejos de mi vista. Eran una gran mesa de tíos blancos de buena familia que les parecía graciosísimo de amenazarme explícitamente con violarme (pero « de coña », claro) para castigarme por haberles dado calabazas.

Fue después de una noche de la Escuela de Ingeniería que rechacé educadamente a un chico aparentemente muy educado pero que después me insultó llamándome « negra de mierda » [traducción aproximativa de ‘sale négresse’, en verdad el insulto original es mucho más fuerte, n. de la T] y diciéndome que no me montara películas porque las « chicas como yo » sólo forman parte de esas que los hombres quieren follar mientras esperan a aquella con la que se quieren casar.

En el trabajo también. Era un burgués de bien el que, cuando todavía yo era todavía becaria, me llamaba a mi puesto saludando a mis jefes antes de decirles « es con esa pequeña becaria con la que quiero hablar ». Era un gran burgués el que en una noche de inauguración me prometió que haría de mí « alguien », como si yo no fuera nadie. Era un blanco el que, enmedio de una reunión, delante de mis colegas y superiores, se entretenía comentando las dimensiones de mi cintura y a quejarse de que rechazara sus invitaciones para ir a cenar. Fue un grupo de blancos el que, después de la realización de un proyecto común, encontraron que sería divertido « rularme entre todos » para celebrar nuestro éxito. Siempre han sido los blancos los que han amenazado con « taladrarme por enmedio » si no me ponía a cuatro patas. Siempre han sido blancos los que me han « tomado como rehén » aprovechando su posición de poder para que yo me tenga que sentir arrinconada, pequeña, humillada, obligada. Siempre han sido blancos los que me han hecho sentir que, haga lo que haga, de un momento a otro pasaré a ser de nuevo un coño con patas.

Así que sí lo sé, hay muchos « qué pasa nena », muchos « qué buenorra estás miarma ». Pero en esto no hay mucho misterio: Si los chicos de barrio y los canis están en la vanguardia de los acosadores callejeros, es porque el puesto de « acosador sexual en el trabajo » y el de « acosador sexual en los bares » ya estaban cogidos. Pero lo que pasa es que a la « gentuza » de los barrios, nunca apetece verlos en la calle. Los banlieusards, los canis y la chusma tan sólo toman el espacio que la sociedad les deja. No digo que su sexismo sea menos fuerte, o menos violento. Sólo digo que quizás sería el momento de no sólo hablar de ese tipo de acoso. Porque mientras nos regodeamos en el cani, el burgués se sienta, despliega sus piernas y se instala.

Y de poner las cosas en su lugar:

A ver, lo que da rabia, no es ser acosada por un hombre de clase inferior. Tampoco lo es que él piense que yo soy una chica de su barrio.

No, el problema tampoco es que su vocabulario sea limitado, o que a sus piropos les falte ingenio o palabras de más de dos sílabas.

Lo que da rabia es ser sexualizada, en todo momento, todos los días, en todos los contextos.

Lo que es molesto, es la banalización del insulto sexista en el espacio público.

El problema es que me siento menos legítima a ir y venir en este espacio. El problema es que a pesar de mi derecho inalienable de pasearme, me dan ganas de pedir disculpas por estar ahí presente, me siento una intrusa en la acera, como una invitada sospechosa a la cual habría que vigilar sus gestos. Y su culo.

Digámoslo de una vez por todas: El acoso callejero no tiene origen geográfico, religion o cultura (a excepción de la cultura de la violación). El acoso callejero es una consecuencia del patriarcado, Y el patriarcado no sólo es defendido por los chicos de barrio, también por todos aquellos que creen y afirman que la culpa siempre es de los demás. El patriarcado lleva tanto traje y corbata como chándal. Pero parece más fácil regodearse más sobre uno que sobre otro…

Queridas personas anti-sexistas: sufrir una opresión no debería ser jamás un pretexto para enarbolar otra. Cabrearse por estar cosas está (muy, muy) bien. Pero hacerlo con inteligencia y sin etnocentrismo, es mejor.

Besos

*Lo sé, no hay tigres en África, son los machirulos los que no están al corriente